“El primer día de clases: Un desafío”

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Gisselle Gavidia, una chica de 17 años, narra cómo fue su experiencia en su primer día en una universidad capitalina. Los temores y la expectativa que tuvo de pasar de una escuela de su pueblo a un campus enorme y desconocido.

Por Kenya Henríquez

“Un lunes a principios de enero, es una fecha que llevaré presente en mi memoria. Soy una chica pueblerina, originaria de un departamento de la zona paracentral del país. Debía comenzar mis estudios en una universidad ubicada en el corazón de San Salvador, viajar a la capital me ponía muy ansiosa…
Todos mis estudios los había hecho en mi pueblo y no había salido de ahí nunca, mucho menos sola.
Despojarme de aquel uniforme azul de escuela y salir de mi zona de comodidad, me angustiaba.
Pensar que en los pasillos universitarios no vería esa uniformidad, sino una variedad de atuendos me preocupaba ¿Podría yo encajar?
Ese día de enero, el microbús universitario en el que viajé pasó recogiéndonos a mi padre y a mí a las 4:30 de la mañana.
Sí, le pedí a mi padre que al menos el primer día, me acompañara, tenía sentimientos encontrados: Alegría por el comienzo, pero miedo a lo desconocido.
Al bajarme del transporte y ver los enormes edificios del que sería mi nuevo centro de estudios me sentí tan pequeña y temí perderme.
Entré con mi papá a la universidad en busca del aula en la que tendría la primera clase y no la encontrábamos, parecíamos trompos en los enormes edificios, pero a las 6:30 de la mañana, cuando por fin dimos con ella, al pararme en la entrada, mis manos estaban heladas y sudaba, con voz temblorosa le pedí a mi padre que entrara conmigo, no muy convencido, accedió.
Durante la clase observaba a cada uno de mis compañeros y sentía temor, pensaba en que todos eran tan diferentes, los veía mayores, para unos podía ser hasta su hija, y no lo digo porque tenía al hombre que me dio la vida al lado; todos me parecían más grandes que yo.
Escuchaba cómo el catedrático explicaba la rúbrica para todo el ciclo, lo cual me hacía pensar en lo difícil que serían los primeros seis meses en la universidad.
Los minutos pasaban y la clase culminó. A las 8:45 de la mañana debí ir a tomarme la fotografía para el carnet, no tenía ganas de sonreír.
Era hora de entrar a la segunda clase, la preocupación y el nerviosismo comenzaron a invadir mi cuerpo, me sentía como niña de kínder, que llora por sentir el abandono de sus padres en un lugar que les resulta desconocido.
Nuevamente mi papá se hizo pasar como estudiante para entrar al aula, el catedrático comenzó a nombrar uno a uno a los estudiantes, solicitando que levantáramos la mano al escuchar nuestro nombre, cuando mencionó a “Alejandro Contreras” nadie la levantó, dirigí la mirada hacia mi padre, los dos tuvimos la misma idea: Él levantó su mano, mi papá dijo ser ese Alejandro ausente, sin ningún problema el licenciado anotó su asistencia.
La nueva clase comenzó, y a medida pasaban los minutos, el nerviosismo iba desapareciendo; cuando el maestro finalizó, estaba más tranquila, sentí que todo había terminado. Pronto me di cuenta de que era solo el comienzo.
Sabía que al día siguiente, mi papá ya no iba a estar ahí, eso me causaba miedo, pero tenía un plan y era afrontar la situación y creer en mis capacidades.
Ahora viajo sola, los pasillos que un día vi con angustia, hoy los considero una gran área para compartir amistades, los edificios se han vuelto el lugar perfecto para vencer mi desafío: Terminar mi carrera universitaria.
Vale la pena vencer los miedos y construir mi futuro profesional”.

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